Era bastante habitual que algunas personas muy famosas de Londres condujeran taxis para mantener el anonimato: el príncipe Felipe (duque de Edimburgo) y el actor Sir Laurence Olivier lo hicieron, por ejemplo.
Nubar Sarkis Gulbenkian era un ejecutivo petrolero muy adinerado nacido en Turquía, y él también se desplazaba por la ciudad en este extraño artilugio, que era mitad taxi, mitad limusina, aunque dudamos que lo condujera él mismo.
Nacido en 1896, Gulbenkian heredó parte de su fortuna de su tacaño padre Calouste, a quien Nubar demandó por 10 millones de dólares cuando este se negó a pagarle a su hijo un almuerzo de pollo que costaba 4,50 dólares.
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Cuando Calouste falleció en 1955, la mayor parte de su legado pasó a manos de una fundación con sede en Portugal, pero el joven Gulbenkian había heredado todo el talento empresarial de su padre y acumulado una fortuna independiente que le permitía financiar fácilmente su lujoso estilo de vida. Al igual que Lady Docker o el periodista Gilbert Harding, este hombre de la alta sociedad, gourmet y mujeriego empedernido parece totalmente ajeno a la sensibilidad del siglo XXI.